LA PARTICIPACIÓN EN LOS CONFLICTOS URBANOS, UN IMPULSO NECESARIO

Asistimos, en esta sociedad tan agitada, a un proceso de exceso de información, de tal forma que, a veces, intuimos que tanta transparencia en nuestras posibilidades de participación gana terreno, pero ¿es esto realmente cierto?
Es posible que el fenómeno de una sociedad con una base muy potente en la digitalización esté expulsando a una proporción importante de ciudadanos al “analfabetismo”, en esta ocasión derivado de la dificultad de seguir los procesos tan activos de esta sociedad basada en el conocimiento informático.
Estamos inmersos socialmente en articular todas nuestras acciones y propuestas en un discurso “políticamente correcto”. Esto nos lleva directamente a generalizar, en el uso del lenguaje, de unos términos que, como PARTICIPACIÓN, da lugar a un desgaste, por ese uso intenso sin apreciar ni su significado, ni tan siquiera saber de su práctica. Lo que produce su “deterioro”, cuando no su “desarticulación”.
Si hacemos un pequeño recorrido histórico sobre lo que para la humanidad ha significado la participación, nos encontramos que ya la polis griega se plantea la participación de los individuos en las decisiones políticas. Al avanzar el siglo XVIII, Rousseau en su Contrato Socialpone de manifiesto que la garantía de los derechos es una consecuencia de la participación de todos, como dice el profesor Artola “en el descubrimiento de la voluntad general”.
En España, la Constitución de 1812 en su artículo 35, asocia ciudadanía y participación. La Constitución de 1978 incorpora referencias a la participación muy especialmente en los artículos 6, haciendo referencia a los partidos políticos como instrumento de participación, 23, que se consolida el derecho de participar en los asuntos públicos y en el 48, con una referencia a la “promoción para la participación libre y eficaz de los jóvenes”.
Hasta aquí observamos que la estructura de la participación se ha consolidado a lo largo de la historia como un derecho inherente a la persona.
Pero la participación más cercana se ha producido especialmente en los ámbitos municipales, en el caso de España. Las asociaciones de vecinos fueron un factor determinante en la creación de cuadros para los partidos políticos, especialmente en la izquierda, fomentando un cauce “legal” que sirvió más para articular planteamientos políticos y encauzar reclamaciones ciudadanas que de otra forma no hubieran sido legales, en un proceso como la dictadura de Franco.
En el caso de Madrid, la izquierda, a través de su trabajo con las asociaciones de vecinos, había realizado unos programas de actuación muy claros con los que se identificaba la mayoría de los ciudadanos. Para ello contaron con unos equipos técnicos con gran experiencia y compromiso con los planteamientos sociales que se querían desarrollar. Supuso el embrión de unos programas muy cercanos a los problemas de la ciudad, que las elecciones municipales de 1979 dieron como resultado esa oportunidad de trasladar la teoría a la realidad. Por eso se habla de la relevancia del marco de participación, en mi opinión el más consistente, en la confección del Plan General de Ordenación Urbana de Madrid de 1985.
La percepción actual, al cabo de prácticamente 40 años, es que esa efervescencia ha ido perdiendo fuerza. Evidentemente los problemas ciudadanos son otros, más complejos, menos primarios y consecuentemente más difíciles de articular y acercar a un marco participativo más activo.
Han aparecido “sucedáneos” de participación, como los programas de inversión por distritos de Madrid, que no alcanzan el rigor y la consistencia de un marco de discusión que permita establecer criterios a favor, o en contra, de actuaciones sobre las que “aparentemente” se decide por el hecho de hacer un “clic”, en la mayoría de las ocasiones sin ni tan siquiera poder analizar los elementos que soportan las propuestas.
Con frecuencia se da la sensación de que hay gobernantes, y el caso del Ayuntamiento de Madrid es un ejemplo, donde los responsables electos, cuando tiene un problema intentan “resolverlo” incorporando un marco de participación y si no le funciona lo meten en el “baúl de los recuerdos”.
Aprovechando que estamos en la recta final hacía unas elecciones municipales, sería una oportunidad interesante para “rescatar” un marco de participación menos sofisticado, más cercano y con espacio suficiente para distinguir entre la participación y la responsabilidad de la representación (JMR)

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