PROPIEDAD PÚBLICA - PROPIEDAD PRIVADA

Por José Segovia Pérez. 
Ponente de la primera sesión: “La ética de lo público y el interés privado en la sociedad española”. Jueves 24 de noviembre de 2016, La Casa Encendida (Madrid).


No hay nada en la naturaleza que permita concluir que la propiedad privada es de derecho natural. No hay “derechos naturales” sobre la propiedad. En la naturaleza solo hay hechos y los “derechos” son constructos humanos a los que se llega por acuerdo o convención o, en muchos casos, por un elemento irracional del todo, pero vinculado al instinto de la supervivencia o al más rechazable instinto de posesión del mayor número posible de bienes, lo que hoy se suele llamar eufemísticamente “geopolítica”, que sirve para justificar de la manera más cínica posible el hecho de la guerra con el simple objetivo de apoderarse de recursos materiales o territoriales “del enemigo”. 

Recordemos la escena del comienzo de la película de Kubrik 2001, una odisea del espacio: primer ejemplo – novelado - de la utilización técnica de un arma. Por cierto, que la banda musical de la película es la espléndida versión musicada por Richard Strauss de Así hablaba Zaratustra, de Nietzsche. Zaratustra (o Zoroastro) era aquel que al bajar de la montaña de su retiro penitencial, como Buda o Jesucristo, se encontró con un anciano que bendecía a Dios y se dijo para sí mismo: ¡Pobre hombre, no sabe que Dios ha muerto! Las religiones no parecen haberse enterado y muchas siguen matando con verdadera fruición.

La propiedad privada no es más que un resultado de las relaciones de poder, que incluyen, primordialmente, la fuerza como argumento.

Ese instinto de posesión sin límite lo combaten Gide y Camus de manera magistral. Aunque sus razones y argumentos provocan carcajadas en Wall Street y similares establecimientos benéficos.

“No sé poseer”, dirá de manera abrumadoramente sencilla Albert Camus: 
“Nacido pobre, en un barrio obrero, no supe, sin embargo, lo que era la verdadera desdicha hasta que conocí nuestros fríos suburbios… Una vez que se han conocido los suburbios industriales, se siente uno manchado para siempre, creo yo, y responsable de su existencia. Aunque yo viva ahora sin la preocupación del mañana, es decir, como un privilegiado, no sé poseer. Soy incapaz de conservar lo que tengo y lo que se me ofrezca sin haberlo buscado… Soy avaro de esa libertad que desaparece cuando comienza el exceso de bienes. El mayor de los lujos nunca ha dejado de coincidir, para mí, con un cierto despojamiento”[1]
Y André Gide afirma: 
“Porque de lo que nos privemos hoy… se nos devolverá más tarde centuplicado… ¡Ah!, ¿qué podría hacer con más bienes de los que mi deseo puede aprehender?, porque he conocido ya voluptuosidades tan intensas, que un poco más y no hubiera podido saborearlas”[2].
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[1] Albert Camus, El revés y el derecho, O.C., T1, pág. 16. Primera obra escrita de Albert Camus con 24 años. 
[2] André Gide, Los alimentos terrenales, Alianza, Madrid, 1985, pág. 113–114.

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